jueves, 17 de junio de 2010

El misterioso fuego de las ruinas

"El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después de la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos."
Las ruinas se empezaron a quemar, las paredes, el piso. Esto había sido obra del dios del fuego, al que le había rendido culto, el que tenía la capacidad de crear al hombre y destruirlo a la vez. En ese momento se dio cuenta de que su final había llegado tal como le habría pasado años atrás a otros hombres que estuvieron en el templo, constantemente quemado y destruido por el dios. Cuando el dolor sobrepasaba los límites tolerables, se dio cuenta de que cumplir su misión de crear un hombre, una proyección de él, era su condena, ya que sólo era el creador de un ser “superior”. Como había sido tan tonto para tenerle lástima a su hijo, ahora lo único que deseaba es no haberlo creado. Mientras iba muriendo lentamente pensaba en la traición del dios del Fuego, que cuando vio el manejo que tenían los hombres del fuego, como podrían usarlo como arma y la indiferencia que tenían respecto a él, decidió crear seres mejores, menos pensantes, más manejables, que le rindieran culto incondicionalmente, que no pudieran desafiarlo ni crear caos entre ellos, ya que solo eran una simple ilusión.